Sobre la capacidad de crear y el deseo de inmortalidad

Ya fue Freud quien señaló el instinto sexual como uno de los más importantes a la hora de entender el comportamiento de los seres humanos. Sólo tenemos que observar a nuestro alrededor y podemos apreciar como nuestra conducta es influenciada por este deseo. Muchos, quizás no tantos a día de hoy, objetarán que el hombre es libre, que podemos elegir entre las distintas vías que el futuro nos depara: esto no es más que una mentira piadosa.

¿Por qué los deportes como el tenis, el rugby, el baloncesto o el fútbol tienen más éxito que la natación artística, el esquí o la halterofilia? Porque se basan en la persecución de una pelota, simple y llanamente nos ofrecen un desfogue a nuestros instintos de persecución y captura.

Se puede objetar que los deportes no son una categoría suficientemente “elevada” como para ser dignas de un estudio objetivo, se me replicará que hay innumerables hombres que han sacrificado sus vidas por ideales mayores.

Mi respuesta es que esos seres humanos aparentemente portadores de una sensibilidad mayor que el resto, como diría Schopenhauer, realmente no se sacrificaron, ya que ejecutaron aquellas acciones por decisión propia. Se sacrifica a una res puesto que no tiene libertad de acción, pero un pagano que cree fervientemente en su dios no se sacrifica, se eleva en los cielos por su ansia de inmortalidad.

“Gilgamesh ya descubrió milenios antes de Cristo que sólo era una ilusión inalcanzable para el hombre.”

El ansia de inmortalidad persigue al ser humano desde las tinieblas de la prehistoria, Gilgamesh ya descubrió milenios antes de Cristo que sólo era una ilusión inalcanzable para el hombre, en el Egipto faraónico se pensaba que el ser se separaba en múltiples partes que se movían según diversos criterios, en el antiguo hinduismo se pensaba que uno vivía una y otra vez diversas vidas eternamente… No fue hasta la llegada de las religiones del libro, la consolidación de judíos, cristianos y musulmanes, cuando por primera vez se consideró que el ser humano podía alcanzar una eternidad. Sólo los griegos los igualaron, un hombre, al morir, se transformaba en una sombra, sólo los dioses y sus iguales conservaban su ser.

En parte, los avances de la edad media fueron tan sutiles debido a esto, el deseo de inmortalidad estaba satisfecho, o eso parecía, la realidad es que la incertidumbre reina en el espíritu humano, y se escondió el terror a la no existencia que impulsaba el deseo de inmortalidad en el terror a la muerte.

En el renacimiento, y, realmente, a día de hoy, parte de esa tapadera reventó, la fe ya no era algo que todos siguieran, con lo cual ese deseo quedaba insatisfecho, pero las ideas griegas fueron recuperadas: si te igualas a un dios, serás inmortal.

Jorge Manrique, en “Coplas a la muerte de su padre” ya lo dilucidó, expresando que su padre no sólo viviría eternamente en el cielo, sino que también en la tierra, ya que sería recordado por sus buenas acciones.[1]

Todavía tuvieron que pasar siglos para abandonar la vieja idea de inmortalidad, aunque ya muchos se alejaron de ella, ya bien queriendo pasar a la inmortalidad como gobernadores justos, conquistadores de amplias tierras o como creadores de bellas obras.

Estos últimos fueron los que crearon nuestra idea de inmortalidad.

“Usted es príncipe por azar, por nacimiento; en cuanto a mí, yo soy por mí mismo. Hay miles de príncipes y los habrá, pero Beethoven sólo hay uno” esto le espeta Beethoven al príncipe. Lo que lo hace único, lo que lo eleva a las alturas de un dios, es su capacidad de crear.

“Usted es príncipe por azar, por nacimiento; en cuanto a mí, yo soy por mí mismo. Hay miles de príncipes y los habrá, pero Beethoven sólo hay uno”

El arquetípico genio europeo se sabe inmortal por su obra, es ese deseo de inmortalidad lo que le impulsa crear, y es saberse inmortal lo que le da la felicidad. Por eso Nietzsche nunca alcanzó la felicidad, porque se sabía inmortal, pero sólo él lo sabía.

Con Nietzsche nos damos cuenta que Dios murió junto con la vieja idea de inmortalidad y que ahora, el nuevo hombre, el superhombre que cree en su inmortalidad creadora, el que le ha sustituido.

El acto de crear es como cualquier acto consumatorio, y su dolor y placer es lo que uno quiere alargar indefinidamente en el tiempo. Por eso el protagonista de “El manantial” no quiere ya la fama, pues sólo desea el placer que le proporciona el intentar alcanzar la inmortalidad. El sacrificio, a día de hoy, no es más que  una nueva forma de expresar y apagar ese deseo, ese deseo que en la naturaleza se presenta como el deseo sexual, de seguir viviendo en la carne de nuestros hijos.

La creación es el medio y el fin.

En “El club de la lucha” se pretende poner la autodestrucción como superior a la autorealización, el acto de creación, pero al destruir, paradójicamente se crea. “Llevaremos ropas de cuero que durarán toda nuestra vida, será hermoso” dice uno de sus protagonistas, destruirán un sistema y serán recordados por ello, dejarán que el ser humano vuelva a crear y conseguir la inmortalidad que ansía, y por ello lo elevarán a la altura de un dios. De ahí que el superhombre deba destruir todas las barreras, que sea lícito que Raskólnikov asesine a la vieja usurera.

Cuando un hombre se niega el acto sexual para concentrarse en su labor artística no hace más que sublimar su deseo de inmortalidad, pretendiendo alcanzarla en su obra, lo mismo que el científico y su descubrimiento o que el revolucionario y su revolución.

Tenemos la capacidad de crear ¿Conseguiremos de esta forma a la inmortalidad? La respuesta sólo la conocemos cada uno de nosotros en lo más profundo de nuestro ínterin.


[1] En este sentido se puede considerar a su hijo y obra como fruto de una transición entre la visión medieval y renacentista de la inmortalidad. Me gustaría recordar una profesora de lengua que comentó riéndose, que, realmente,  recordamos a su padre por la obra del hijo y no por sus buenas acciones: esta es la visión actual de la inmortalidad como se verá más adelante.

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