Los años de peregrinación del chico sin color

—Porque lo que deseas es poder pensar con toda libertad, ¿no?
—Exacto.
—Pero pensar libremente no me parece nada sencillo.
—A fin de cuentas, pensar libremente significa también distanciarse del cuerpo. Salir de esa jaula que te limita. Romper las cadenas y simplemente darle alas a la mente. Proporcionarle a las ideas una vida natural: ahí es donde radica el núcleo de la libertad de pensamiento.
—Parece muy complicado.
Haida hizo un gesto negativo con la cabeza.
—No. Según cómo lo mires, no es tan complicado. Mucha gente lo hace sin darse cuenta, cuando la ocasión lo requiere, para poder mantener la cordura.
Tsukuru pensó durante un instante sobre lo que Haida acababa de decir. Le gustaba charlar con él porque la conversación acaba casi siempre girando en torno a temas abstractos y especulativos. Tsukuru era un chico de pocas palabras, pero cuando hablaba con su amigo sobre esos temas, algo lo estimulaba, porque las palabras fluían con una ligereza insospechada. Era la primera vez que experimentaba algo así. En Nagoya, cuando se encontraba con sus amigos, apenas intervenía. Era un simple oyente.
Tsukuru tomó la palabra.
—Pero para conseguir el verdadero «pensamiento libre» del que hablas, ¿no habría que hacerlo a voluntad, y no sin darse cuenta?
—Desde luego —reconoció Haida— Pero eso es difícil. Igual que soñar intencionadamente. Ninguna persona normal puede hacerlo.
—Pero tú lo intentas.
—Se podría decir que sí —respondió Haida.
—Pues dudo mucho que en la Facultad de Física te enseñen a conseguirlo.
Haida se rió.
—Nunca he esperado aprender esas cosas en la universidad. Sólo busco algo de tiempo y un ambiente de libertad, nada más. Para debatir en el ámbito académico en qué consiste el «pensamiento libre» hace falta un marco teórico del que partir, lo cual resulta muy engorroso. La originalidad no es más que una imitación hecha con juicio. O eso decía el realista de Voltaire.
—¿Tú opinas lo mismo?
—Todo tiene su molde. El pensamiento también. Pero así como no hay que temer a los moldes, tampoco hay que tener miedo de romperlos. Eso es lo esencial para poder ser libres: sentir respeto y aversión hacia los moldes. Las cosas importantes en esta vida siempre contienen cierta dualidad. Eso es todo lo que puedo decir.

—Me gustaría preguntarte una cosa —dijo Tsukuru.
—Adelante, dime.
—En algunas religiones, los profetas suelen recibir mensajes de un ser absoluto en medio de un profundo éxtasis.
—Exacto.
—Cuando ocurre, es algo que trasciende la propia voluntad, algo totalmente pasivo, ¿no es así?
—Exacto.
—Y el mensaje rebasa el molde individual del profeta, se vuelve más amplio, universal.
—Exacto.
—Ahí no hay ni incongruencia ni dualidad.
Haida asintió en silencio.
—Entonces no lo entiendo: si es así, ¿qué valor tiene la voluntad humana?
—Excelente pregunta —comentó Haida. Y sonrió calladamente, con la sonrisa que esbozan los gatos cuando duermen al sol—. Todavía no estoy capacitado para responderla.

Haruki Murakami.

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