Archivo de la categoría: Relato

Los asesinos

La puerta del restaurante de Henry se abrió y entraron dos hombres que se sentaron al mostrador.
-¿Qué van a pedir? -les preguntó George.
-No sé -dijo uno de ellos-. ¿Tú qué tienes ganas de comer, Al?
-Qué sé yo -respondió Al-, no sé.
Afuera estaba oscureciendo. Las luces de la calle entraban por la ventana. Los dos hombres leían el menú. Desde el otro extremo del mostrador, Nick Adams, quien había estado conversando con George cuando ellos entraron, los observaba.
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Cuentos de la taberna del ciervo blanco

                                                             CAZA MAYOR

A pesar de que, según la opinión general, Harry Purvis no tiene rival entre los clientes de «El Ciervo Blanco» como narrador de historias extrañas (aunque algunas sean un tanto exageradas), no se debe pensar que su posición nunca se haya visto amenazada. En ocasiones, se ha eclipsado temporalmente. Siempre es entretenido observar el desconcierto de un experto, y debo confesar que me produce cierto placer recordar cómo el Profesor Hinckelberg venció a Harry en su propio terreno.
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Un lugar limpio y bien iluminado

Era tarde y todos habían salido del café con excepción de un anciano que estaba sentado a la sombra que hacían las hojas del árbol, iluminado por la luz eléctrica. De día la calle estaba polvorienta, pero por la noche el rocío asentaba el polvo y al viejo le gustaba sentarse allí, tarde, porque aunque era sordo y por la noche reinaba la quietud, él notaba la diferencia. Los dos camareros del café notaban que el anciano estaba un poco ebrio; aunque era un buen cliente sabían que si tomaba demasiado se iría sin pagar, de modo que lo vigilaban.
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Una gallina

Era una gallina de domingo. Todavía vivía porque no pasaba de las nueve de la mañana. Parecía calma. Desde el sábado se había encogido en un rincón de la cocina. No miraba a nadie, nadie la miraba a ella. Aun cuando la eligieron, palpando su intimidad con indiferencia, no supieron decir si era gorda o flaca. Nunca se adivinaría en ella un anhelo.
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La busca de Averroes

S`imaginant que la tragédie n`est autre chose que l’art de louer… Ernest Renan: Averroès, 48 (1861)

Abulgualid Muhámmad Ibn–Ahmad ibn–Muhámmad ibn–Rushd (un siglo tardaría ese largo nombre en llegar a Averroes, pasando por Benraist y por Avenryz, y aun por Aben–Rassad y Filius Rosadis) redactaba el undécimo capítulo de la obra Tahafut–ul–Tahafut (Destrucción de la Destrucción), en el que se mantiene, contra el asceta persa Ghazali, autor del Tahafut–ul–falasifa (Destrucción de filósofos), que la divinidad sólo conoce las leyes generales del universo, lo concerniente a las especies, no al individuo. Seguir leyendo La busca de Averroes